Hay historias que llegan silenciosamente y, precisamente por eso, revelan universos enteros al observarlas de cerca. El caso clínico de una mujer de unos 40 años, independiente, exitosa y aparentemente alineada con una alimentación saludable, es un ejemplo que nos invita a profundizar en lo obvio. Al fin y al cabo, no es lo que comemos lo que nos desequilibra, sino cómo lo hacemos.
Este caso ilustra bien uno de los pilares del trabajo de Tatiana: mucho más allá de una alimentación «nutricionalmente correcta», es necesario considerar a cada persona como un todo, considerando la salud y el bienestar físico y mental. Es necesario conectar con uno mismo, con el entorno y con los demás para sentirnos presentes y plenos.
Zanahorias, zanahorias baby
Llamémosla Irene. Llegó diciendo: «Tatiana, como bien. Pero siento que mi relación con la comida no es sana. Y tengo una fijación con los palitos de zanahoria», le reveló Irene a Tatiana Vianna, la creadora de EntreocUS.
Tatiana, por su parte, al principio encontró la situación casi curiosa. Zanahorias. Zanahorias baby. Un paquetito aparentemente inofensivo, vendido como el refrigerio perfecto para quienes buscan ligereza y una dieta saludable. Pero, para Irene, esos palitos eran compañía. Sí, compañía. La televisión encendida, la casa en silencio, un cuerpo cansado al final del día, y el paquete de zanahorias le abrieron un espacio que no era físico, sino emocional.
Por lo tanto, Irene creía que experimentaba una compulsión alimentaria. Pero, junto con Tatiana, al profundizar en el tema, descubrió que no era compulsión, sino simplemente exceso. Y, detrás de ese exceso, había una ausencia.
Cuando la comida ocupa un lugar emocional
“Si no como mis palitos de zanahoria, siento un vacío enorme”, explicó nuestra protagonista. Y es que la zanahoria no era solo comida. Era un ritual. Una presencia. Un remiendo para los silencios acumulados. Pero este acto aparentemente saludable traía consigo una trampa común: la falsa sensación de que las elecciones nutritivas justifican comportamientos automáticos. Al fin y al cabo, si se trata de una zanahoria, rica en fibra y betacaroteno, ¿cuál sería el problema?
Sí, ¿cuál sería el problema de Irene? El problema residía en cómo sucedía todo. En la falta de presencia, en la forma rígida y silenciosa en que la comida llenaba la soledad sin permitirle verla.
Nutrición conductual, escucha activa y un chakra que necesitaba voz
Durante el viaje de Irene con Tatiana Vianna, ambas se dieron cuenta de que la repetición con la zanahoria, que era nocturna, tocaba algo más profundo: el chakra de la garganta, vinculado a la comunicación, la autenticidad y la expresión de la propia verdad. Cuanto más masticaba mecánicamente las zanahorias, más contenida parecía su expresión simbólica. Entonces, ¿qué se trabajó? El color azul, que es el color de la voz, de la claridad, de la fluidez entre sentir y expresar. En el proceso se destacaron los alimentos azulados, el té de lavanda y las prácticas de presencia.
Y, en paralelo, la vida concreta de Irene salió a la superficie. Dificultades para posicionarse con sus familiares, tensiones con su superior en el trabajo, sentimientos reprimidos, palabras ocultas. Todo se reveló. La zanahoria era solo el síntoma visible de una voz aprisionada.
La intervención no fue para prohibir, sino para iluminar
Con toda esta información, Tatiana no le sugirió a Irene que dejara de comer. De hecho, la recomendación inicial fue simple y contundente: «Sigue comiendo, pero come estando presente». Y así comenzó el proceso. Sentir la textura. El sonido del bocado. La resistencia de la comida. El olor. El peso en la mandíbula. Todo se trabajó con base en conceptos científicamente probados.
Y fue entonces cuando ocurrió algo inesperado: empezó a sentir dolor. Por la rigidez. La tensión acumulada en la mandíbula. Una molestia que antes había pasado desapercibida debido al modo automático. La atención plena hizo lo que siempre hace: revelar la verdad.
Del plato a la vida: cuando la presencia transforma patrones
En unos dos meses, la rutina de Irene empezó a cambiar. Varió sus cenas, dejó de usar las zanahorias como apoyo emocional, empezó a comer a diario con alguien, creó rituales de autocuidado como colorear, escribir y preparar té de lavanda, y empezó a reconocer la soledad como algo legítimo, no algo que se pueda adormecer. Irene también aprendió la diferencia entre la saciedad y comer en exceso, y suavizó su autocrítica.
Al final, dejó una frase que encierra toda la esencia del trabajo de Tatiana: «Pensé que tenía el control porque elegí las zanahorias. Ahora, me doy cuenta de que mi verdadera libertad reside en poder elegir otras formas de nutrirme».
Cuando nos reconciliamos con la comida, nos reconciliamos con nosotros mismos, porque comer es comunicación. Es un lenguaje silencioso. Es cómo dialogamos con nuestras necesidades, nuestras vulnerabilidades y nuestro yo más profundo. Este caso clínico no se trata de zanahorias. Se trata de presencia. Sobre reconocer patrones afectivos, dar voz a lo que se nos atraganta, reemplazar la rigidez con afecto y transformar lo automático en consciente. Esta historia real resalta la importancia de mirarse a uno mismo con respeto, tiempo y ternura. Y, sobre todo, se trata de redescubrir que la comida no llena los vacíos internos. Somos nosotros quienes debemos llenarlos.









